Salir de una relación abusiva no es tan sencillo como parece, explica la psicoanalista Taiza Tosatt Eleoterio

Enrico Valdelli
Taiza Tosatt Eleoterio

Para quienes observan desde afuera, siempre existe una exigencia implícita dirigida a quien vive una relación abusiva: la idea de que bastaría con tomar la decisión y marcharse. Esta expectativa rara vez se corresponde con la realidad emocional de quien está dentro de la relación.

La psicoanalista Taiza Tosatt Eleoterio, especialista en salud mental y relaciones familiares, señala que romper este tipo de vínculo exige mucho más que fuerza de voluntad. Requiere desmantelar una estructura afectiva construida a lo largo de meses, y a veces años, de convivencia con miedo, culpa y promesas de cambio. Comprender esta dinámica es el primer paso para dejar de juzgar y comenzar a apoyar a quien se encuentra dentro de ella.

El mito de que basta con decidir marcharse

Salir de una relación abusiva rara vez es un acontecimiento único. En la mayoría de los casos, es un proceso compuesto por idas y vueltas, con rupturas parciales, retrocesos y nuevos intentos de separación antes de que el alejamiento se vuelva definitivo. Este patrón no indica debilidad ni falta de determinación.

Los estudios sobre el tema describen lo que se conoce como ciclo de la violencia: una secuencia de tensión creciente, explosión del conflicto y reconciliación, muchas veces acompañada de un arrepentimiento sincero por parte de quien agrede. Esta fase de reconciliación, conocida popularmente como luna de miel, es precisamente lo que mantiene la esperanza de que esta vez algo va a cambiar.

Imagine a una mujer que ya ha organizado su mudanza a la casa de una amiga en dos ocasiones y, en ambas, regresó antes de completar una semana. Desde afuera, esta oscilación parece indecisión. Desde dentro del ciclo, es el efecto esperado de un sistema que alterna violencia con afecto intenso, haciendo que cada intento de salida sea más frágil que el anterior.

El peso del miedo, la vergüenza y la esperanza de cambio

Tres elementos aparecen con frecuencia en los relatos de quienes viven una relación abusiva, y ninguno de ellos se resuelve con un simple «basta con marcharse». El primero es el miedo, muchas veces concreto, a sufrir represalias después de la separación. El segundo es la vergüenza, alimentada por el juicio social y por el temor a exponer la propia historia.

Taiza Tosatt Eleoterio señala que el tercer elemento, la esperanza de cambio, suele ser el más difícil de identificar. Esta esperanza se apoya en los momentos buenos de la relación, que existen y son reales, y crea la creencia de que el comportamiento abusivo es una excepción y no la regla. Reconocer este mecanismo sin culpar a quien lo vive es fundamental para cualquier intento de ayuda.

¿Qué revela la dependencia emocional sobre el vínculo?

Desde la perspectiva del psicoanálisis, la oscilación entre afecto y violencia tiende a crear un vínculo particularmente difícil de romper. Cuando momentos de intenso cariño se alternan con episodios de agresión, el cerebro asocia el alivio de la reconciliación con una fuerte recompensa emocional, lo que refuerza el apego incluso frente al dolor.

Según la psicoanalista, las historias de vida marcadas por ambientes familiares en los que el conflicto era normalizado desde la infancia pueden hacer que este patrón sea aún más difícil de reconocer como abusivo. En estos casos, el vínculo abusivo no parece extraño: parece, de alguna manera, familiar.

Esta familiaridad no es casualidad. Taiza Tosatt Eleoterio destaca que quienes crecieron presenciando discusiones, silencios impuestos o humillaciones tratadas como parte normal de la convivencia tienden a asociar la intensidad emocional con un vínculo verdadero, lo que dificulta percibir el abuso como una desviación y no como una manifestación de la intensidad del amor.

Romper el ciclo es un proceso, no una decisión aislada

Ninguna mujer permanece en una relación abusiva por falta de carácter, y ninguna sale de ella simplemente porque alguien le dijo que debería hacerlo. La ruptura ocurre cuando existe seguridad concreta, una red de apoyo disponible y tiempo para reorganizar la propia vida emocional y práctica.

Para Taiza Tosatt Eleoterio, el papel de quienes están alrededor no consiste en exigir una decisión rápida, sino en mantener una presencia sin juzgar mientras este proceso madura. Comprender el mecanismo psíquico detrás de la permanencia es lo que transforma la exigencia en cuidado, y eso, más que cualquier consejo prefabricado, es lo que ayuda a alguien a encontrar su propio camino de salida.

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